Un Pontificado en la modernidad

De Seminario Gerardo González

Conferencia pronunciada por Joaquín Navarro-Valls durante el Acto Académico del 50º aniversario del Colegio Mayor Alsajara

Granada, 4 de diciembre de 2008



Un Pontificado en la modernidad

Juan Pablo II y Benedicto XVI


Intentar una síntesis del Pontificado en la modernidad sería un tema mucho más amplio del que tenemos hoy a disposición. Por eso me concentraré en tres aspectos del Pontificado de Juan Pablo II -con el que trabajé durante 20 años- y con el de Benedicto XVI al que acompañé en los dos primeros años del suyo. Esos tres aspectos que me parecen muy significativos son: rehacer un sistema común de referencias; evidenciar socialmente la fe y actualizar históricamente la institución Pontificia.

Una de las mayores dificultades hoy en la transmisión y en la comunicación de valores y concretamente de valores religiosos y trascendentes es la desaparición de un sistema común de referencias. Los sistemas de referencias son cuadros generales de supuestos propios de cada época dentro de los que las palabras que empleamos habitualmente, tienen su lugar, su posición y su significado. Si es posible entendernos en nuestro lenguaje ordinario es porque las palabras que empleamos habitualmente son inteligibles al ocupar un lugar unívoco en un cuadro de referencias que es compartido por una comunidad en un determinado momento histórico y cultural. Conceptos como naturaleza humana, alma, conciencia moral, oración, Dios, vida eterna, así como otros a ellos conexos como familia, amor humano, sexualidad, etc., tuvieron en otras épocas -al menos en países de tradición cristiana- un significado inteligible para la mayoría de personas porque formaban parte del sistema de referencias compartido por la comunidad.

Durante siglos en la parte del mundo que comprendía lo que se llamó el occidente cristiano, existió una claridad sobre lo que aquellas palabras significaban. El arte, la historia, la literatura de aquellos siglos así nos lo confirman. Cuando se hablaba de Dios se sabía de quien se estaba hablando. Igual ocurría cuando se hablaba de conciencia, de dignidad humana o de vida eterna.

Hoy el cuadro general ha cambiado. Las sociedades humanas han perdido su homogeneidad cultural y diversos sistemas de referencia conviven juntos empanando el significado último de las palabras. Se podría decir que se ha perdido el diccionario común. Cuando las palabras no tienen un contenido real o cuando tal contenido se desconoce, los conceptos llegan a no significar nada. La palabra "alma" por ejemplo, que perteneció al patrimonio de conceptos de la teología y de la catequesis cristiana, hoy puede significar cosas muy distintas según que quien la pronuncie lo haga desde posiciones empiristas, agnósticas, historicistas. etc.

Esto permite afirmar que la sociedad secularizada no garantiza hoy la legitimidad histórica y social del cristianismo. Sus presupuestos, inciertos y a menudo contradictorios, son extraños por ejemplo a cualquier forma de proposición normativa con pretensiones de valor absoluto. Por ejemplo, el concepto de naturaleza humana, de algo que ilumina al hombre frente al nuevo teorema de que todo en él es pura construcción histórico-sociocultural, no es popular hoy.

El tema en definitiva se podría formular así: cuando hay un sistema cristiano de referencias. Dios es la referencia para el hombre. Cuando se considera a Dios irrelevante, el hombre se hace referencia para sí mismo. Y el resultado es que el ser humano se convierte en una pregunta sin respuesta y en un enigma para sí mismo. Esta es una situación relativamente difundida hoy en nuestro mundo. Y en este contexto resulta problemática la transmisión de la verdad cristiana.

El problema es que no podemos pensar sin el lenguaje. Hoy el lenguaje se elabora en gran parte en el campo de la economía, de las ciencias positivas, de la técnica y de la industria del entretenimiento, sobre todo televisiva y cinematográfica. Faltando un lenguaje adecuado, no podemos pensar sobre nosotros mismos y sobre nuestra sociedad si no es con los conceptos insuficientes que nos suministra una cultura construida como si Dios no existiera. Se podría decir que al final no es sólo la hita de fe el peso mayor de nuestra cultura, sino la extraordinaria dificultad que encuentra quien la posee para manifestarla ya que le falta el lenguaje que le haría posible enseñarla, comunicarla y transmitirla.

Pues bien, el Pontificado en esta modernidad, concretamente el de Juan Pablo II y Benedicto XVI se han enfrentado con este problema. Y no han dudado en aceptar la enorme tarea de rehacer aquel diccionario común que no existe va en nuestra época.

Pienso que Juan Pablo II trató desde el inicio de su Pontificado de rehacer un sistema común de referencias como una urea imprescindible para que se pueda entender hoy el universo de valores cristianos. En definitiva, para que el Evangelio pueda ser primero entendido y luego aceptado. La aparente dificultad formal de algunos de sus documentos y escritos tiene esta explicación: no dar por válido el lenguaje común como medio de comunicación y, por lo tanto, la necesidad de razonar desde la raíz, definiendo cada término. Algo así como quien afina cuidadosamente un instrumento musical antes de lanzarse a ejecutar un concierto.

Este modo de presentar la verdad cristiana era ya una señal distintiva en los escritos y en la actividad pastoral de Karol Wojtyla y lo continuó siendo en la inmensa obra magisterial de Juan Pablo II. Cuando en 1960 escribe "Amor y responsabilidad" se da cuenta de que algunos conceptos morales allí contenidos, eran difíciles de entender por la mentalidad moderna faltando los conceptos que expliquen qué cosa se entiende por persona humana. Y con esta intención, escribe inmediatamente después "Persona y acto" en donde sienta las bases antropológicas y filosóficas que luego permitirán entender lo que la ética cristiana propondrá a la persona humana.

En los documentos magisteriales de Juan Pablo II esta voluntad de reconstrucción conceptual me parece muy evidente. Por ejemplo, en sus Cartas Encíclicas "Veriratis Splendor" y "Fides et ratio". El Papa no comenzó por explicar el pensamiento cristiano sobre la verdad objetiva o sobre la complementariedad del saber de fe y el saber de razón, sino que penetra hasta el fondo de las ambivalencias de la modernidad para reconstruir desde su raíz la perspectiva cristiana en ambos campos. Siendo consciente de los límites del lenguaje actual, emprende la tarea enorme de rehacer el sistema común de referencias cuya falta hace imposible que lo que quiere decir sea entendido. No queda ámbito de la vida y del pensamiento que no cuente hoy con un abundante cuerpo de doctrina cristiana desarrollado por Juan Pablo II desde sus fundamentos.

Como todos ustedes saben, uno de los conceptos críticos de nuestra época es el de amor humano y todo lo que con él se relaciona como el tema de la familia, del matrimonio, de la sexualidad humana. La comprensión de la moral cristiana sobre rodos esos temas se hace a veces muy difícil como consecuencia de la confusión antropológica que acompaña a aquellos conceptos. Consciente de esta situación. Juan Pablo dedicó una larga serie de audiencias de los miércoles a explicitar detalladamente los fundamentos antropológicos, filosóficos, escriturísticos y evangélicos de este tema. El resultado fue un libro con el título de "Hombre y mujer los creó" en el que se repropone una concepción audaz y vigorosa sobre uno de los temas capitales de nuestra época: la relación amorosa hombre-mujer.

Agudamente consciente de la vigencia de este tema, Benedicto XVI dedicó su primera Encíclica al tema del amor: un texto de extraordinaria belleza y de gran actualidad. El mensaje de ambos -concretamente, su mensaje moral- no carga al hombre de responsabilidades morales que no entiende, sino que ayuda a entender que la aceptación de responsabilidades morales es el único modo para llegar a ser lo que se es; es decir, persona humana.

Por esto la enseñanza de Juan Pablo II y de Benedicto XVI no es la recitación de una serie de postulados dogmáticos, ni se identifica con la formulación condensada de un catecismo de afirmaciones. Su mensaje -transmitido en una variedad expresiva que comprende la palabra escrita, la palabra pronunciada y el gesto- conduce siempre hacia una única dirección: poner en conexión al ser humano concreto -hombre o mujer- con el Dios trascendente de la revelación cristiana delante del cual -y sólo delante de Él- se está en disposición de valorar nuestros actos.

Idéntica tensión se encuentra en la inmensa obra escrita del Cardenal Ratzinger que se podría resumir en tratar de rehacer los parámetros conceptuales de toda una cultura. y, en particular, la de invertir una de las más populares pretensiones de esta época que, como ustedes saben es la subjetivización del hecho religioso.

En una parte importante del mundo es hoy un postulado que el mundo racional es el mundo de la razón cuantitativa. Sobre todo la razón del cálculo matemático y del experimento se presenta como la verdadera -y a veces la única- racionalidad. Lo religioso, por otra parte, pertenecería a la órbita de lo privado y de la subjetividad. Recluyendo la verdad religiosa en el ámbito de la subjetividad, la construcción de la sociedad no dependería ya de las convicciones éticamente fundadas de los hombres que componen esta sociedad, sino que dependería de las estructuras racionales cuantificables, sobre todo de las estructuras políticas y económicas.

La actividad de Juan Pablo II se dirigió a situar a la humanidad frente a la dimensión religiosa, de tal modo que el hombre vuelva a sentirse interpelado por Dios en lo que es ven todo lo que hace. Y es desde este punto de vista como se podría entender el continuo viajar del Papa. Con una consecuencia inmediata: poner en evidencia la fe que la gente vive.

El obstinado viajar de Juan Pablo II fue uno de los rasgos distintivos de su Pontificado. Y la opinión pública los siguió con tal interés que, sobre todo por las imágenes televisivas, han sido la ocasión para que en cada lugar visitado, se haga visible la Iglesia.

Un cierto tipo de pensamiento trata de acreditar hoy la idea de que la Iglesia es una entidad en vías de extinción. El pensamiento al que me refiero piensa que los valores cristianos no podrían legítimamente aspirar a tener una vigencia social. Por el contrario, esas manifestaciones enormes que se producían con ocasión de los viajes del Papa, hacían ver que la fe cristiana no puede ser confinada en lo privado porque sería como renunciar a su pretensión de verdad.

El Pontificado de Juan Pablo II -y ahora el de Benedicto XVI- con las enormes concentraciones humanas que ha provocado, puso en evidencia, con una vitalidad quizás sin precedentes en toda la historia de la humanidad, en qué modo la verdad cristiana pueda situarse en el centro mismo de la vida contemporánea. Y no sólo como concepto sino también como imagen. La originalidad del Pontificado fue la de realizar esta operación no sólo a través de una riquísima producción de doctrina trasmitida verbalmente sino a través de la fascinación de la imagen a la que la cultura moderna tanto se ha habituado.

En nuestra época el deteriorase de las costumbres, ocurre en gran parte por la influencia visiva de la sociedad de la imagen. La oferta visual de estilos de vida diversos es tan intensa que hoy se aprende a vivir a fuerza de ver vivir.

Reconstruir aquellos modelos vitales, devolverles su sentido original, es una operación de hacerlos visibles de nuevo: mostrar esos conceptos como vida y como imagen, El cristianismo es quizás sobre todo un modo panicular de vivir. Es verdad que la Fe define las creencias del cristiano, pero las convicciones de la fe tienen también un contenido práctico, La fe no es una teoría. La fe no es una hipótesis de la existencia, La fe no es, un ideal para contemplar y, todo lo más, admirar. El cristiano es una persona que vive de un determinado modo y que, a través de su vida, muestra la verdad de aquello en lo que cree.

La predicación itinerante del Papa seguida ávidamente por fotógrafos y troupes televisivas, permitió esa operación.

Con Juan Pablo I se dieron a los años finales del siglo XX algunas de las más sugestivas imágenes-símbolo de la época. El, que creía en el valor de los signos, ha creado una iconografía sugestiva y llena de contenido semántico allí donde las palabras parecían insuficientes. El ha convertido los gestos en grandes signos de discontinuidad con el torpor general del momento y en actos de innovación moral. Le bastó vivir prácticamente su obstinada defensa de la persona humana para hacer nacer gestos auténticos que superan en fuerza, sinceridad y eficacia la palabra misma. El valor formal de lo que se ha llamado "la capacidad gestual de Juan Pablo II" radicaba en su autenticidad y en su convicción de fe manifestada y configurada con el gesto.

En este mismo nivel de sugestión estuvo la imagen de Benedicto XVI, primer Papa alemán en la modernidad, visitando Auschwitz y Birkenau en Mayo del 2006. Como le acompañé en aquel viaje así como antes en su visita a la Sinagoga de Colonia durante su primer viaje en Alemania, recuerdo perfectamente todavía sus palabras en ambos lugares. Es por eso que me resulta difícil de entender que alguien pueda tener duda de su posición hacia el pueblo hebreo o ante la inmensa tragedia de la shoah.

Juan Pablo II ha sido el único Papa que por dos veces se ha presentado a la comunidad internacional ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. El primero en ser recibido en la Casa Blanca, en el Parlamento Europeo, en la Catedral de Canterbury -sede de la Comunión Anglicana- o en la UNESCO. Ha sido invitado a instituciones académicas. Visitó la Sinagoga de Roma y la Mezquita de Damasco. Ha estado en cárceles, en leprosorios. Por dos veces ha sido acogido en el Estadio Maracaná de Rio de Janeiro.

Analizar lo que ha dicho en foros tan distintos excede las posibilidades de esta ocasión. Como síntesis extrema se podría resumir su mensaje en la afirmación que no se puede vivir una vida verdaderamente humana como si Dios no existiera.

Hablando a la comunidad internacional en las Naciones Unidas, en el Parlamento Europeo o en los centenares de audiencias con líderes políticos consiguió instilar en la nueva teoría política que los derechos humanos no son concesiones de los Estados y menos aún simples deseos de la humanidad sino la expresión de algo que está en la naturaleza humana y por esto la primera obligación moral de los gobernantes es reconocerlos y tutelarlos. Su análisis sobre los derechos humanos ha convencido a muchos estados a aceptar que el primero de esos derechos es la libertad religiosa, y cuando se trataba de emprender la más grande revolución de los últimos siglos porque era librar a millones de europeos de un régimen ateo y opresivo, lo ha hecho de tal modo que al poner a la conciencia y a la cultura por encima de la política, la más amplia revolución liberadora de todos los siglos, fue posible sin guerra, sin odio y sin sangre.

La opinión pública siguió fascinada durante años esta actividad itinerante del Pontificado. Y la razón es evidente: no hubo en aquellos años -aparte de Juan Pablo II- un líder público global, una gran personalidad investida de autoridad en el mundo que se preocupara tan eficazmente de la condición interior del hombre contemporáneo. Que fijara su atención en los problemas del sentido de la vida, del significado de la virtud, del origen último de los grandes interrogativos humanos. No es extraño, por tanto, que ante su Pontificado el mundo de la comunicación concentre todo su interés.

El tercer aspecto al que querría referirme y que explicaría la atención de los medios al Pontificado en la modernidad es la renovación que se ha operado en estos últimos 30 años de la imagen del Papado en cuanto institución histórica.

Si al inicio del Pontificado de Juan Pablo II la imagen que la prensa transmitía era la de una gran novedad personal dentro del marco de una antigua institución, con los años se ha ido poniendo más el acento en los cambios que Juan Pablo II ha determinado en la Institución misma. De la imagen de un hombre joven en una Institución milenaria, se ha pasado a la imagen de una Institución que sufre una gran aceleración en su actualización histórica.

La costumbre, que es una gran configuradora de la historia, había atribuido a los Pontífices un determinado papel en la dialéctica social. Un "papel ", como ustedes saben, es el conjunto de las expectativas que son planteadas por la sociedad al portador de una función social. Un papel es lo que se espera que una persona haga o diga en el desarrollo de la función que ocupa en la sociedad. Naturalmente, los papeles sociales se han ido creando durante muchos años y, en ocasiones, durante muchos siglos. Es como el destilado en el tiempo del ejercicio continuado de una función.

Pero por otra parte, un papel está creado por lo que la sociedad supone que debería hacer o decir el portador de una función social. Y en estas expectativas cuentan mucho los presupuestos culturales de una época. Juan Pablo II ha salido de los cánones que se le habían atribuido a los Papas. Juan Pablo II no depende de lo que la época pediría que un Papa dijera sino que dice lo que él cree que un Papa hoy debe decir. Quiz.is se podría explicar esto diciendo que Juan Pablo II representa y encarna una institución pero nunca da la sensación de recitar un papel.

En veinte años que, por mi trabajo, estuve cerca del Papa, fui constatando cómo una extraordinaria liberad interior lo llevaba a modificar, actualizándola, la costumbre histórica que gravaba sobre la institución Pontificia. Y no quiero ahora detenerme en una serie ininterrumpida de detalles que todos ustedes conocen perfectamente. Mencionaré solamente un aspecto panicular: la percepción hoy del Papa no tanto como un gran administrador de la Iglesia sino corno el primero de sus apóstoles.

"En otras ocasiones -me dijo una vez el Papa- , la gente iba al párroco. Hoy, es el sacerdote quien tiene que ir a buscar a las personas". En esta expresión más que una constatación de hecho hay como un matiz autobiográfico que termina por configurar la institución misma del Pontificado. Juan Pablo II ha impartido los siete sacramentos en sus años de Pontificado. Cada año, en fecha fija, escuchaba confesiones e impartía bautismos. Con sus viajes ha expandido al máximo una actividad evangelizadora que ha remodelado el modo como el Papa ejercita su ministerio. Puesto en el vértice de la administración central de la Iglesia, el Papa no aparece como un administrador o un gerente sino como un pastor. Y esta orientación de base se refleja también en la forma y en el contenido de sus documentos magisteriales. Como Obispo de Roma, quiso visitar cada una de las parroquias de su diócesis, tarea a la que dedicaba el único día de la semana -los Domingos- que lo dejaban libre de sus compromisos en el Vaticano.

Esta gran obra de renovación en la institución Pontificia no ha sido hecha a través de decretos y leyes formales sino con un ejercicio personal decidido, audaz que, naturalmente, se refleja también en la forma literaria y en el contenido de sus documentos magisteriales. El Pontificado no aparece como gestor de una Iglesia que trata de sobrevivir en un momento histórico de crisis, sino como el centro desde donde se expande a todo el mundo la misión apostólica cristiana.

Esta actualización institucional aparece particularmente clara en la relación del Papa con los medios de información. Desde el principio se ha tratado de una relación personal y sistemática que ninguno de sus predecesores había nunca intentado. Ya en su primer viaje a México en 1979 pocos meses después de su elección, sorprendió a los periodistas que volaban con él cuando se presentó ante ellos en una verdadera rueda de prensa. Nadie en el avión -ni los acompañantes del Papa ni los periodistas- estaba preparado para tan singular experiencia. Pablo VI, el primer Papa que viajó fuera de Italia, se limitaba a saludar a los periodistas pero no aceptaba preguntas. Juan Pablo II provocaba a los periodistas aceptando sus preguntas y respondiendo en los idiomas en los que aquellas preguntas eran formuladas. Cuando estas ruedas de prensa se hicieron sistemáticas, alguno de sus colaboradores trataron de disuadirlo por el riesgo que aquella informalidad podía tener. El Papa siguió en todos sus viajes con esta innovación radical. Y aquellos encuentros directos con los periodistas se han demostrado un medio eficacísimo para comunicar con la opinión pública en todo el mundo. No se trata ya de un Pontificado que ocasionalmente transmite un mensaje pregrabado en algunos excepcionales momentos del año como hacían sus predecesores, sino un Papa que sistemáticamente participa en la dialéctica del periodismo moderno aceptando sus reglas para transmitir los valores cristianos.

Un sentido análogo han tenido las ocasiones en las que Juan Pablo II escribió libros sometiéndose a las exigencias estilísticas y temáticas de un interlocutor. Me refiero concretamente al extraordinario libro "Cruzando el umbral de la esperanza" en respuesta a preguntas de Vittorio Messori. Un Papa hasta entonces no escribía libros. Un Papa manifestaba su pensamiento en documentos magisteriales normalmente en forma de Encíclicas. Juan Pablo II ha ido mucho más allá. Aceptando el riesgo de publicar libros, ha acercado creyentes y no creyentes al pensamiento cristiano de modo ordinario, es decir, haciendo propio el modo expresivo de la literatura que se puede encontrar en una librería comercial.

De igual modo Benedicto XVI dio a la opinión pública el magnífico "Jesús de Nazaret" del que por ahora conocernos sólo el primer volumen. Pero lo que sitúa a este libro en la actualización del Pontificado son aquellas líneas conmovedoras comen idas en el prefacio del Amor: "este libro no es de ningún modo un acto magisterial sino que es únicamente expresión de mi búsqueda personal del rostro del Señor". Benedicto XVI es, probablemente, el Papa con la bibliografía más rica y abundante de toda la historia de la Iglesia. Su riqueza conceptual es extraordinaria. En su magisterio me parece evidente su confianza en la capacidad de razonar de los hombres y las mujeres de esta época final de la modernidad. Por eso trata de pensar con ellos y para ellos. Diría que quizás la característica fundamental de este Pontificado es la pastoral de la inteligencia. Por eso me parece que es el Pontífice que el momento histórico y cultural piden y, a la vez, necesitan. Esta actitud de fondo, fuertemente propositiva, no sólo ha tenido un papel decisivo en determinar cómo el mundo ve hoy al Pontificado romano sino también como la Iglesia percibe hoy su misión.

Resulta inevitable hacer una breve referencia a los últimos días de Juan Pablo II. Quizás su última gran misión de transmitir valores a roda una época, la realizó durante su ancianidad y enfermedad así como con su muerte. La decadencia biológica del ser humano es silenciada en nuestro paisaje cultural. La debilidad física es vivida como algo escandaloso; como si tal circunstancia -por otra parte universal e inevitable- fuese algo absurdo y de la que no se pudiera extraer significado alguno para la biografía humana. Creo que él transmitió nítidamente la verdad de que la vida humana conduce a la muerte que es su final pero no su significado último. E hizo evidente que la vulnerabilidad física y los límites que ella implica, revelan la estructura profunda, rica y trascendente del ser humano.

Creo que en un modo u otro son muchos los que también fuera del Cristianismo reconocen estos aspectos del Pontificado de Juan Pablo II que en modo muy general he mencionado. Mientras la discusión cultural versa hoy sobre temas funcionales, Juan Pablo II fue visto como la única figura global que hace al mundo las preguntas esenciales: ¿Quién es el Ser Humano? o ¿Qué significa la Dignidad Humana?

Hoy, incluso los espíritus críticos, sienten con mayor claridad que la crisis de nuestro tiempo consiste en la crisis de Dios, en la desaparición de Dios del horizonte de la historia humana. Pero esta desaparición ha problematizado tremendamente todos los temas humanos y al mismo hombre. El pontificado de Juan Pablo II fue más allá de los límites del momento cultural precisamente ofreciendo certezas sobre Dios y sobre el ser humano allí en donde la modernidad se había desarrollado sobre las ruinas de un humanismo amputado de transcendencia.

Joaquín Navarro-Valls

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