La cuestión ecológica
De Seminario Gerardo González
- Presentación del libro "La cuestión ecológica. La vida del hombre en el mundo" - Zaragoza, 6 de mayo de 2009
- Autor: Rafael Fernández Rubio , Premio Rey Jaime I a la Preservación del Medio Ambiente.
En presencia de :
- Excelentíssimo e Muito Reverendo Sr. D. Manuel Monteiro do Castro, Núncio Apostólico na Espanha e Comissário do Pavilhão da Santa Sede na Expo Zaragoza 2008.
- Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Manuel Ureña Pastor, Arzobispo Metropolitano de Zaragoza y Gran Canciller de la Universidad San Jorge.
- Ilmo. Sr. D. Antonio Aznar, Presidente de la Caja de Ahorros de la Inmaculada.
- Ilmo. Sr. D. Fernando Gimeno, Vicealcalde de la Ciudad de Zaragoza
- Ilmo. Sr. D. José Ramón Auría, Vicepresidente de Acción Social Católica.
- Ilmo. Sr. D. Jorge Juan Fernández Sangrador, Director de la editorial BAC.
Del 10 al 12 de julio de 2008, bajo el auspicio del Pontificio Consejo Iustitia et Pax, celebramos el Congreso Internacional sobre Ecología, organizado por el Pabellón de la Santa Sede en Expo-Zaragoza 2008.
Ha sido esta la primera Exposición Internacional centrada en el agua y el desarrollo sostenible, dos cuestiones directamente relacionadas con problemas ecológicos urgentes, y de alcance mundial, que exigen de nosotros una reflexión rigurosa, capaz de alcanzar la raíz de la crisis medioambiental, en la que estamos inmersos, y cuya solución pasa, necesariamente, por la formación de la conciencia ecológica de las personas en el ámbito singular, social e internacional, y por la creación de un orden de convivencia justo y solidario.
Enmarcado en los Eventos Paralelos a la Tribuna del Agua, este Congreso Internacional constituyó, sin duda, un excelente foro de pensamiento, abierto al diálogo y al enriquecimiento recíproco; un foro libre respecto del discurso dominante que se pretende implantar, sobre la ciencia de la ecología, pero atento en todo caso a los planteamientos de ese discurso, a fin de examinarlos, con racionalidad, asumiendo todo lo bueno que en ellos se contiene, pero evidenciando críticamente, a la vez, todos los elementos que no responden al ser y al deber-ser de lo real.
Los veinte conferenciantes de este Congreso Internacional, a través de nuestras ponencias y comunicaciones, abordamos el tema central de la cuestión ecológica: La vida del hombre en el mundo, y lo hicimos con un enfoque plural y multidisciplinar, suscitando la intercomunicación y el debate constructivo y enriquecedor entre los participantes.
Fruto granado, de todo lo que vivimos en el Congreso, durante aquellos días estivales, es el libro que tengo el honor de presentar oficialmente, esta tarde, en la ciudad de Zaragoza, lugar de su gestación, y que lleva por sugestivo título: La cuestión ecológica. La vida del hombre en el mundo.
Antes de entrar en el contenido del libro, quisiera destacar la importancia objetiva que tiene la edición de esta obra. La palabra hablada tiene la viveza del presente y de la comunicación directa, y así lo vivimos intensamente los asistentes al Congreso, con la fortuna de conversar y reflexionar entre nosotros, acerca de la ecología, de sus principios y de los temas fundamentales que son objeto de su consideración. Pero, sin duda, es cierto que la riqueza de esas conversaciones quedó constreñida a aquellos momentos, a los participantes y a la capacidad de retención de la memoria de cada uno.
La publicación, ahora, de las ponencias del Congreso supone volver a hacer contemporáneo ese encuentro y, al mismo tiempo, otorgarle proyección de futuro; extender su alcance a más personas, a instituciones académicas, bibliotecas universitarias, centros de investigación, revistas especializadas, y un largo etcétera. Por otra parte, el que su contenido quede objetivado en letra abre la posibilidad, a través de la lectura, de suscitar de nuevo la reflexión, personal o en grupo, con relación a los temas que tan intensamente aquí se trataron.
Es por esto que felicito a todos los que han hecho posible la edición de este libro, y lo han puesto a nuestro alcance, agradeciéndoles el esfuerzo dedicado a esta tarea que va a redundar, sin duda alguna, en la difusión de la verdadera conciencia ecológica.
Esta publicación no se queda en aspectos periféricos o secundarios, sino que se adentra en el complejo y poliédrico tema de la ecología como ciencia, mostrando los principios fundamentales que le dan consistencia y vertebración. Los coautores del libro, especialistas en muy distintos campos del saber (filosofía, economía, ingeniería, teología, educación, derecho, medicina, política, etc.), hemos tratado de realizar, en nuestras aportaciones, un acercamiento sistemático y pluridisciplinar, a las preguntas clave que subyacen a la problemática ecológica.
Son los interrogantes que constituyen, realmente, el índice de esta obra y que en ella son propuestos de modo orgánico, estructurando su contenido:
- ¿Quién es el hombre?
- ¿Qué es el mundo?
- ¿En qué relación están hombre y mundo?
- ¿Existe un contraste esencial entre el hombre y los demás vivientes?
- ¿Cómo debemos tratar la naturaleza en la pluralidad de sus modalidades?
- ¿Existe un medio ambiente propio del hombre, esto es, un “hogar” humano, que también debe ser preservado y potenciado como parte de la preocupación ecológica?
- ¿Cómo transmitir a los hombres la sabiduría necesaria para vivir de modo tal que, sirviéndonos de nuestro entorno como fuente de recursos, a la vez, lo cuidemos como patrimonio de la entera humanidad?
- ¿Qué hacer para que los recursos de la naturaleza, como por ejemplo el agua, sean realmente un bien de todos y en bien de todos, y queden salvaguardados de una degradación irreversible?...
El planteamiento de estas cuestiones nos aproxima a la raíz de los graves y urgentes problemas ecológicos, que inciden en la vida sobre la Tierra. En el fondo de la crisis medioambiental, en la que está la humanidad sumergida, se percibe la necesidad de una rigurosa reflexión antropológica, cosmológica y ética, pues la crisis ecológica es como un eco de la pérdida de la verdad sobre el hombre, de la verdad sobre el mundo y de la verdad sobre la responsabilidad que tenemos los seres racionales, tanto individual como socialmente, respecto de nuestras actuaciones en el entorno en el que vivimos.
De ahí que, para poder abordar, con visión profunda y de alto alcance, las innumerables dificultades que atañen a la preservación del medio ambiente, la ciencia ecológica tiene que reconocer, ante todo, su índole abierta o, expresado de un modo más preciso, su necesidad de apertura para poder ser completada.
Este intrínseco carácter abierto de la ecología significa que ella, en cuanto ciencia, es consistente, porque los principios en los que se basa no son ni arbitrarios. Esos principios, que dan base y consistencia a la ciencia de la ecología, son realmente principios fundamentales, en la medida en que provienen del ser propio del hombre, del ser propio del mundo y de sus relaciones recíprocas.
Lo que acontece es que el hombre, a la luz de su conciencia, tiene poder para medir con justeza sus actuaciones, y las repercusiones que pueden provocar en la naturaleza.
La ciencia ecológica, como toda ciencia que parte del logos, debe descubrir, interpretar y expresar, con paso certero, en su quehacer pragmático y técnico, iluminado por una racionalidad amplia, abierta en diálogo al ser de las cosas y al servicio de la verdad de cada una de ellas.
De entre todos los seres vivos, que habitan la Tierra, sólo el hombre, en su condición de espíritu corpóreo, se plantea la cuestión ecológica, y sólo él puede abordar la solución a los problemas medioambientales. Por ello la cuestión ecológica es, necesariamente y en todo caso, una cuestión antropológica. La razón última de ello radica en que el hombre es el único ser viviente del Planeta que posee una apertura trascendental al mundo.
Así, a la vez que el hombre tiene que ver con lo que entendemos por “naturaleza”, en sentido medioambiental, él mismo en su cuerpo es realmente “habitante” de esa “naturaleza”.
Haciéndose cargo de las cosas, de los otros vivientes y del prójimo, o sea, custodiando su propio “hábitat” natural y humano, el hombre vela, consciente y libremente, por él mismo y por la humanidad.
La perspectiva antropológica constituye, para la ecología, un punto de vista insuperable e irreducible. Incluida en la perspectiva antropológica, como perteneciente a ella, pero específicamente en relación con la praxis, o sea, respecto de las acciones humanas, está la perspectiva ética. La racionalidad de la ciencia ecológica, en su dimensión práctica, es una modalidad de la racionalidad ética, que ilumina al hombre en sus deseos, en orden a establecer relaciones de buena calidad con aquello que desea, más allá de los criterios de eficacia y de utilidad. Todo lo que deseamos lo percibimos como algo que nos sirve de alguna manera, que cubre algún tipo de carencia en nosotros, que nos va a proporcionar cierto beneficio; en fin, como algo bueno para nosotros. De ahí que nos resulte subjetivamente importante.
Esta percepción, de lo deseado por nosotros, va acompañada por la captación de su valor intrínseco y, por tanto, de su importancia objetiva, que enraízan en la verdad y en la bondad propias de la realidad sobre la que proyectamos nuestro deseo. La buena calidad de nuestra relación, con lo que queremos, por la importancia subjetiva que tiene para nosotros, resultará del reconocimiento y del respeto del valor intrínseco de lo querido, o sea, de su importancia objetiva. En esto consiste el comportamiento ético y responsable.
La ecología se configura como eco-ética, esto es, como ciencia que busca, ante todo, la buena cualidad de la relación del hombre con el medio ambiente, tanto natural como humano, procurando, en todo momento, que las acciones de los hombres sobre los ecosistemas, y el mundo humano, respeten y cuiden el valor objetivo de los ecosistemas que nos rodean, en el marco de la importancia que tiene para el hombre.
Cuando la ciencia ecológica asume a la perspectiva antropológica, en toda su amplitud, y con ella también a la perspectiva ética, se le evidencia, con claridad meridiana, que el objeto de su consideración científica es todo aquello que, de un modo u otro, conforma la verdadera “casa” para el hombre. Ciertamente, el mundo no humano el ecosistema en general es “morada” para la vida humana. Vivimos en la Tierra y somos parte de ella y de sus ecosistemas.
El “planeta azul” es el único conocido, por nosotros, cuyos parámetros físicos, que siempre están en equilibrio inestable, permiten la presencia y pervivencia del hombre en él. De ahí que el entorno no humano tenga que ser objeto indiscutible de la ciencia ecológica.
A la parte de la ecología que trata de ese mundo no humano como “casa”, para la vida del hombre, se la puede denominar adecuadamente “ecología de la naturaleza”. No obstante, el mundo no humano no agota el objeto de la ecología. La razón de ello es porque todo hombre requiere, también, para vivir, de un “hogar” humano, de un espacio “social y cultural” donde desarrollar su vida personal.
Este mundo humano, que comprende la propia corporeidad y la comunidad con el prójimo, cuyo núcleo es la familia, por ser realmente y de modo relevante “casa” del hombre, forma parte esencial del objeto de la ecología.
Cabe llamar, así, “ecología humana” al ámbito de la ciencia ecológica que considera el mundo humano en cuanto “casa” apropiada y necesaria para la vida del hombre. Estas dos dimensiones, del objeto de la ecología, son señaladas de manera relevante en este libro, al ser asumidas como criterio estructurante de la segunda y tercera parte de la obra, respectivamente.
“Ecología de la naturaleza” y “ecología humana” son dos dimensiones de la ecología que no deben ser separadas; porque guardan entre sí una relación tan estrecha que se influyen y condicionan de modo recíproco. En efecto, cuando el mundo no humano padece degradación, su deterioro produce siempre un menoscabo en el ámbito de la ecología humana, el cual se puede manifestar en diferentes maneras para el mundo humano.
Así, por ejemplo, la pérdida de recursos hídricos, o la afección a su calidad, son fuente de pobreza y de enfrentamientos, que conducen a la degradación del mundo humano. En sentido inverso sucede exactamente lo mismo: la miseria, la codicia y las injusticias, por no hablar de las guerras, se convierten en elementos destructores del medio ambiente, ya que generan situaciones que no permiten al hombre cuidar de la Tierra, de la “aldea común”, o le llevan a exprimir al máximo los recursos naturales disponibles, con la consiguiente degradación de los ecosistemas.
Para transitar por sendas positivas, la ecología humana necesita de la ecología de la naturaleza, al tiempo que la ecología de la naturaleza requiere, siempre, de un posicionamiento adecuado del hombre hacia el mundo no humano, y también hacia la humanidad como mundo humano.
Llegado a este punto hay que destacar que existe un tema crucial, en la relación entre ecología de la naturaleza y ecología humana, para el crecimiento armónico y acompasado de ambas y, por consiguiente, tema central en las cuestiones ecológicas. Se trata del desarrollo sostenible.
Los organizadores de Expo-Zaragoza fueron sensibles a esta centralidad, incluyendo la cuestión del desarrollo sostenible como segundo contenido temático de la Exposición Internacional, después del problema del agua.
Y, como no podía ser menos, nuestro libro considera, con gran amplitud y alcance, tanto de manera transversal como de manera específica, el tema del desarrollo sostenible. Es así que se abordan los elementos requeridos para que la sociedad de los hombres, adecue el progreso del bienestar, además de al desarrollo material, científico, cultural y técnico, a los recursos disponibles de la Tierra y a la salvaguarda del medio ambiente. Todo ello cuidando de los bienes naturales para las generaciones futuras, y respetando el equilibrio ecológico y la armonía entre hombre y naturaleza. Porque el desarrollo sostenible beneficia tanto al mundo humano como al no humano.
Es así que este libro se adentra en el núcleo de la ecología y de los planteamientos ecológicos, y no falta en él, como no podía ser menos, la aportación específica que la religión cristiana, desde la razón alumbrada por la luz del Evangelio, con la Doctrina Social de la Iglesia, hace al movimiento medioambiental, ni tampoco la contribución propia de las grandes religiones de la humanidad a la cuestión ecológica.
Hoy, más que nunca, y en temas que afectan a la humanidad, en nuestra pluralidad de razas, pueblos y culturas, las ciencias humanas, como la ecología, deben estar atentas a la sabiduría perenne, que se encuentra asentada en cada tradición religiosa. Al mismo tiempo éstas tienen que dejarse cuestionar por las ciencias humanas, dándoles respuestas, en su planteamiento, de esperanza y de cosmovisión, en el marco de ese Misterio que envuelve la existencia de todo hombre, que es Dios, sin el cual el entero edificio real queda desensamblado.
Pero es más: la cuestión ecológica tiene que ser campo de encuentro en el diálogo interreligioso, y espacio de iluminación recíproca de las religiones, para el bien de todos los seres humanos y para la conservación del mundo. Es así que las grandes tradiciones religiosas poseen un enorme potencial para ayudar a la conciencia ecológica de los hombres, y para infundir vivencias de verdadera sostenibilidad.
Tampoco deja nuestro libro de abordar algunos problemas urgentes, en la presente crisis ecológica, especialmente los relacionados con los bienes naturales escasos, difícilmente renovables y necesarios para la vida en el mundo. Es una cuestión íntimamente ligada al desarrollo sostenible. Es por ello que en esta obra se recalca la hipoteca social que está pesando sobre esos recursos naturales, aspecto trascendente porque estos recursos pertenecen a toda la humanidad, tanto la presente como la futura, sin exclusión alguna.
En relación con este tema, no es posible un avance ecológico, en el ámbito de la ecología humana y de la ecología de la naturaleza, al margen de la racionalidad, de la justicia, de la solidaridad y del amor, pues sólo a través de estos criterios el ser humano se ve motivado para establecer relaciones equitativas, respecto de los recursos de la naturaleza, y a hacer uso de ellos en el contexto del desarrollo sostenible.
El libro dedica, y ello me place sobremanera, atención singular a un recurso fundamental de la naturaleza, para la vida del hombre y de los demás vivientes: el agua. Sin duda alguna, esta consideración especial hacia las aguas, ya sean marinas, ya continentales, hace justicia al contexto en el cual tuvo lugar el Congreso Internacional sobre Ecología, de donde nace esta obra, y que, organizado por el Pabellón de la Santa Sede, fue una importante actividad enmarcada entre los eventos paralelos de la Tribuna del Agua, dentro de la Exposición Internacional de Zaragoza (2008), en la que el agua fue el tema central.
He de decir, y permítanme la licencia, que desde el inicio, mi vida científica, docente y profesional ha estado centrada en los problemas hídricos y en su repercusión tanto en los ecosistemas como en el ámbito de la ecología humana. Agua, medio ambiente, vida y mundo humano me llevaron en más de 450 misiones a más de cuarenta países de los cinco continentes.
Es así que he podido conocer, en vivo y en directo, los avances de la desertización, por un lado, y el deshelarse de las aguas en forma sólida en glaciares, modificaciones que pueden ser consecuencia del devenir geológico, pero tambi´n de desequilibrios ecológicos.
Es verdad que, globalmente, existe agua suficiente para atender todas las demandas de la humanidad; sin embargo, miles de millones de personas no tienen acceso a ella en condiciones adecuadas, y millones de personas mueren cada año por falta de agua potable, siendo los países más pobres los que tienen el mayor índice de escasez hídrica.
Además, muchos de estos países no tienen recursos económicos para que les sea accesible, por lo que la falta de agua es más cruenta para los pobres que para los pudientes. Es imperiosamente necesario tener conciencia de esta situación y promover, tanto a nivel internacional como a nivel local, una distribución solidaria y un aprovechamiento eficiente del agua, mediante una adecuada ordenación hídrica de los territorios, con las necesarias infraestructuras, de tal modo que el agua sea, efectivamente, un bien de todos y en bien de todos.
En este breve repaso, he intentado libremente dibujar, a grandes trazos, retazos y argumentos de este libro, que la Nunciatura Apostólica en España pone a nuestra disposición.
Mis palabras, en modo alguno, pueden sustituir a su lectura sosegada, pausada, reflexiva y es el sentimiento que he querido transmitir.
Espero que esta obra va a cubrir la necesidad de contar con un valioso instrumento para adentrarse en la raíz de los problemas ecológicos, para fomentar el crecimiento de la conciencia ecológica personal, y para promover en la ecología soluciones a la crisis medioambiental, conformes a la verdad del mundo, a la verdad del hombre y a la verdad de la interrelación hombre - mundo.
Por esta sincera convicción, como persona que se dedica por vocación a la protección del medio ambiente, sin olvidar la utilidad para el ser humano, deseo dejar constancia de profunda satisfacción por la publicación de este libro. Libro que puede ayudar mucho a cuantos, con mentalidad abierta, desean profundizar en el pensamiento cristiano de la ecología, inmerso en el contexto de la vida del hombre en la Tierra, que es su casa, su hábitat, su sustento.
Reitero el agradecimiento a quienes han hecho posible su edición, y deseo dejar constancia de enorme gratitud a mi gran amigo Santiago García Acuña, que ha dedicado muchas horas y buen saber hacer a la revisión de este libro, y ha aportado todas las buenas ideas de esta presentación.
Finalmente: a todos ustedes, por su presencia y su paciencia, ¡gracias, muchas gracias!


