Génesis de la "razón vital" de Ortega y Gasset
De Seminario Gerardo González
Autor: Rafael Hidalgo
Seminario de Antropología «Gerardo González» 2 de diciembre de 2008
[editar] Introducción
El presente escrito no es una exposición detallada del pensamiento de Ortega y Gasset, sino que busca mostrar la génesis de su desarrollo. Espero así contribuir a su correcta comprensión.
Por otra parte Ortega es, con toda probabilidad, el mejor ensayista en lengua española del siglo XX, así que el más sabroso y fecundo modo de conocer su pensamiento es leerle, a lo cual te animo.
[editar] Importancia de la filosofía
[editar] En manos de unos pocos
¿Qué sucedería si en este mismo instante todos los aparatos electrónicos dejasen de funcionar? ¿Y si este colapso se prolongara por tiempo indefinido? Para empezar toda la información almacenada en los ordenadores desaparecería. ¡Ahí es nada! La Administración, las empresas, las bibliotecas, las universidades, los centros de investigación, los juzgados, la policía, las compañías de transporte... carecerían instantáneamente de cualquier información.
Sólo contaríamos con la calderilla que portáramos encima, ya que la inmensa mayoría del dinero tiene una existencia netamente informática. Adiós a los ahorros de toda la vida, a los fondos de inversión, a las acciones, a las cuentas corrientes.
En los hospitales los enfermos graves caerían como moscas pues cualquier instrumento más sofisticado que una jeringuilla tiene componentes electrónicos.
De momento tendríamos un apagón general, así que a la cama bien temprano. Sin ascensor, los que vivieran más arriba de un cuarto piso tendrían que ser versados montañeros, a partir del sexto, ¡héroes! Esto obligaría a construir de otra manera.
La mayor parte de los coches se quedarían tirados. Adiós al apartamento de la montaña o de la playa o a trabajar a más de un kilómetro de casa. Nada de empresas con delegaciones que se comunican vía Internet o correo electrónico.
Un aspecto positivo: no más televisión ni videojuegos; la conversación retornaría a las sobremesas. El propio sistema político basado en los medios de comunicación de masas se vería tocado. Habría que redefinir el modo de regirnos.
Seguro que si seguimos pensando se nos pueden ocurrir muchas más consecuencias de esta “catástrofe” electrónica.
La inmensa mayoría de la gente no somos expertos en electrónica y sin embargo, visto lo visto, nuestra vida está absolutamente condicionada por lo que unos pocos entendidos han sido capaces de desarrollar.
Algo parecido sucede con la filosofía. Decía Julián Marías que los filósofos son cuatro gatos metidos en un rincón. Y no obstante sus modos de entender la realidad han configurado el mundo en que vivimos, desde los supuestos jurídicos que nos rigen hasta la concepción de la sociedad y de nosotros mismos en las que basamos nuestra forma de vida. Los propios fundamentos científicos que han permitido que exista no sólo la electrónica, sino todo el resto de aplicaciones técnicas de las que hoy nos beneficiamos, son fruto de la filosofía.
[editar] Las ideas mandan
Keynes, cuyos planteamientos sirvieron de base para el orden económico que nos rige desde el final de la II Guerra Mundial, decía:
“Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que suele pensarse. En realidad, el mundo está gobernado por poco más que esto. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados se suele exagerar mucho, comparado con la fuerza que tiene la introducción de las ideas... Son las ideas, no los intereses creados, los que crean opciones tanto para bien como para mal”.
Es decir, el mundo está gobernado por poco más que ideas. El ser humano precisa interpretar el mundo que le rodea, su conocimiento no es innato ni le viene determinado por los instintos. De aquí que nuestras acciones sean consecuencia de las ideas que poseemos y que los filósofos han desarrollado a lo largo de los siglos.
Decía Descartes que la sabiduría consiste en “juzgar correctamente para obrar correctamente”. Es decir, que la filosofía no se reduce a meras elucubraciones mentales, sino que sus postulados tienen consecuencias prácticas. Están disparados a la acción.
[editar] Fundamentos de la filosofía
Como hemos dicho, los seres humanos no nacemos con un programa vital definido, sino que hemos de irlo desarrollando en función de nuestros proyectos personales y de las circunstancias que nos rodean. Elemento fundamental de nuestra circunstancia es la historia. Un loro nacido hoy es como el primer loro, a priori no aporta ninguna novedad. Sin embargo un hombre nacido en el siglo XXI es distinto a uno nacido en el siglo XIII o a uno del III a.C.. De ahí que para comprender la realidad humana hayamos de acercarnos a la historia.
Una singularidad del ser humano es que no se conforma con lo inmediato, con el objeto que se presenta ante sí, sino que busca el fundamento de la realidad por debajo de lo evidente. Desde siempre las personas han apelado a realidades que están más allá de las cosas; poderes ocultos, fuerzas propicias u hostiles, almas de las cosas, sueños, oráculos, etc.
En torno al siglo VII a.C. unas pocas personas entendieron que dicha realidad meta-física (en su sentido etimológico: más allá de lo físico, de lo visible) era accesible por medio de la razón. Esto llevaba implícito un supuesto y es que el mundo era coherente y comprensible. En parte por ese motivo fueron tachados a menudo de “impiedad”, pues se desposeía a los dioses de su faena de ser causa de los cambios.
[editar] El realismo (Edad Antigua y Media)
Dado que la realidad era cognoscible mediante la razón, esto implicaba que las cosas poseían una determinada forma de ser. La razón conoce lo permanente, lo inmutable. La razón obra mediante las palabras y éstas tienen un significado preciso y estable que me permite comunicarme. Si ahora “árbol” significara una cosa y dentro de media hora otra distinta, no podría hablar de forma inteligible.
En definitiva, si las cosas eran comprensibles deberían tener una consistencia, una forma de ser permanente. De ahí nació el concepto de “naturaleza” elaborado por Aristóteles.
Dentro de la naturaleza de un manzano está dar manzanas y no naranjas. Esto nos recuerda el conocido dicho de que “no podemos pedir peras al olmo”. A la naturaleza del perro corresponde ladrar, no mugir. Si un perro mugiera diríamos que obra contra su naturaleza.
También pertenece a la naturaleza del varón desposarse con una mujer y no con otro varón, con un jilguero o con una ostra. De hacer esto último actuaría contra-natura.
Las cosas las podemos conocer a través de sus “categorías”. Simplificando mucho, podríamos decir que las categorías son las propiedades que tienen las cosas y que las definen como tales (cantidad, cualidad, posición, acción, etc.). Este papel está entre mis dedos, en posición vertical y tiene una densidad determinada.
La metáfora más relevante a la hora de explicar cómo se produce el conocimiento es la del sello que imprime su impronta sobre una tabla de cera lisa. De igual modo, la realidad exterior queda reflejada tal cual en nuestra mente. “Nada hay en la inteligencia que no haya pasado por los sentidos” (Aristóteles).
El realismo es el modelo de pensamiento preponderante a lo largo de las edades antigua y media.
[editar] Occam o el derrumbre de la filosofía realista
En el siglo XIV un fraile franciscano pondrá una bomba de retardo en la línea de flotación del pensamiento realista. Se trata de Guillermo de Occam. Por una parte, dispuesto a ensanchar la omnipotencia y autonomía de Dios, sostendrá que el Todopoderoso no está sujeto ni siquiera a la razón. Dios ya no es Logos, sino pura voluntad. El mundo es del modo en que es por un acto arbitrario de Dios. Así, matar está mal porque lo ha decidido Él, pero igualmente podría haber establecido lo contrario.
El propio Lutero hará bandera del legado de Occam y sostendrá que “la razón es la grandísima puta del diablo, una puta comida por la sarna y la lepra”. De ahí concluirá en la sola fides para acercarse a Dios, rompiendo así la doble y complementaría vía patrística y escolástica de la fe y la razón.
Por otro lado, Occam es nominalista. Esto significa que para él no existen los géneros y las especies (los manzanos, las abubillas, los higos) sino que éstos son vocablos que empleamos las personas para englobar cosas que poseen unas notas comunes a las cuales atendemos. Lo único que de verdad existen son las cosas individuales.
Estas dos notas (puro voluntarismo de Dios y nominalismo con respecto a la realidad mundana) van a tener una serie de consecuencias graves.
[editar] Dios no es razón
En lo que respecta al modo de entender la omnipotencia de Dios, el mundo dejará de reflejar la mano de su autor. La discrecionalidad de Dios en su creación la equipara al puro azar. Quizá se entienda mejor esto a través de un extracto de la obra “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, en el mismo vemos cómo el franciscano Guillermo de Baskerville se siente fracasado por no haber podido evitar una serie de muertes acaecidas en una abadía benedictina. A esto se suma que la valiosísima biblioteca del monasterio ha ardido. El fraile mantiene una conversación con su discípulo (y narrador en la novela) Adso de Melk en la cual comentan lo siguiente:
“¿Dónde está mi ciencia? He sido un testarudo, he perseguido un simulacro de orden, cuando debía saber muy bien que no existe orden en el universo.
- Pero, sin embargo, imaginando órdenes falsos habéis encontrado algo...
- Gracias, Adso, has dicho algo muy bello. El orden que imagina nuestra mente es como una red, o una escalera, que se construye para llegar hasta algo. Pero después hay que arrojar la escalera, porque se descubre que, aunque haya servido, carecía de sentido. (...)
- No podéis reprocharos nada, habéis hecho todo lo que podíais.
- Todo lo que puede hacer un hombre, que no es mucho. Es difícil aceptar la idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofendería la libre voluntad de Dios y su omnipotencia. Así, la libertad de Dios es nuestra condena, o al menos la condena de nuestra soberbia.
Por primera y última vez en mi vida me atreví a extraer una conclusión teológica:
- Pero ¿cómo puede existir un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?
Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo sentimiento y dijo:
— ¿Cómo podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta?
No entendí el sentido de sus palabras.
- ¿Queréis decir —pregunté— que ya no habría saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de la verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que sabéis porque los otros no os lo permitirían?
En aquel momento un sector del techo de los dormitorios se desplomó produciendo un estruendo enorme (...)
Hay demasiada confusión aquí —dijo Guillermo—. Non in commotione, non in commotione Dominus.”
Actualmente algunas corrientes de la física nos dicen que el Big Bang marcó el modo en que se ha formado el universo. Según estas teorías, de haber tenido la explosión originaria una intensidad diferente (mayor o menor) la energía-materia se habría comportado de otro modo, de manera que existiría un universo radicalmente distinto del actual, dándose en él fenómenos diferentes a los que conocemos.
¿Qué diferencia práctica habría entre el azar y Dios si éste no tuviese ninguna razón para hacer el universo tal cual es? Cuando damos razón de algo es porque justificamos sus fines, sus para qués. ¿No sería un universo creado sin razón alguna una realidad absurda, sin sentido?
Todo esto va implícito en la pregunta que lanza Adso de Melk a su maestro: “Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?” Si Dios no tiene criterio o razón sino que es puro capricho, ¿no se identifica con el puro azar?
Occam pretendía reservar a Dios para la sola fe, pero lo que hace es vaciarlo hasta borrarlo.
Y no sólo eso, sino que en el fondo supone la muerte de la Razón. En el mejor de los casos puedo entender cómo funcionan los engranajes del mundo, pero no para qué sirven, no su sentido, pues no lo tiene. Nietzsche se dará perfecta cuenta de esto y proclamará:
“«Casualidad» es la nobleza más antigua del mundo; la he restituido a todas las cosas, libertándola del yugo de la Finalidad.
Esta libertad y serenidad celestes las he colocado cual campana azul sobre todas las cosas, al enseñar que por encima y a través de ellas no opera una «voluntad eterna».
Esta altivez loca la he sobrepuesto a dicha voluntad al enseñar: «En todas las cosas, sólo una cosa es imposible -¡la racionalidad!-»”
Lógicamente, si no hay una intención detrás del mundo, un para qué, entonces no tiene razón de ser; simplemente actúa como un mecanismo ciego; como el engranaje de una máquina que no sirve para nada.
La propia ciencia, haciéndose eco de este enfoque, desterrará todo finalismo. Así, por poner un ejemplo, la teoría de la evolución de Darwin reducirá el cambio de la naturaleza a puro mecanismo. En realidad la evolución no va en ninguna dirección. Se trata de una mera adaptación al entorno existente en cada momento, sin que haya una meta que alcanzar más allá de la supervivencia de la especie en tanto correspondan sus aptitudes con el medio vigente en cada momento.
[editar] Nominalismo
El realismo moderado de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino sostenía que existen los individuos concretos (esta mesa, aquella pera) pero que mediante la abstracción podemos llegar a los universales (las mesas, las peras). Estos universales hacen referencia a la “naturaleza” de las cosas.
El nominalismo directamente niega la existencia de los universales y, por tanto, de que las cosas posean una naturaleza. Efectivamente existe esta mesa y aquella pera, pero la noción “pera” o “mesa” no es más que un invento, un sonido de la voz (flatus vocis) que hace alusión a unas cosas a las que yo les encuentro una serie de elementos comunes. Esos conceptos existen sólo en la medida en que me sirven a mí para manejar mentalmente una serie de cosas individuales y concretas que coinciden en alguna característica en la que decido fijarme. No hay naturaleza de las cosas.
[editar] El Idealismo (Edad Moderna y Contemporánea)
[editar] La gran crisis
En el renacimiento se produce una crisis histórica. Las guerras de religión, la nueva ciencia, el desplome de la escolástica, la emergencia de los Estados nacionales y otros factores conducen a la caída del edificio medieval.
Fijémonos por ejemplo en el Papado. En el orden temporal había sido el equivalente a la ONU. El Papa podía convocar cruzadas; excomulgar a los príncipes que rompieran gravemente el orden político-religioso (legitimándose a los demás príncipes a atacarles). Además existía algo así como un derecho internacional con leyes como la tregua de Dios (la cual fijaba una serie de días, territorios y personas que debían quedar al margen de la guerra). Tanta era la importancia de esta ONU medieval que incluso existían naciones con derecho de veto en la elección del Papa (entre ellas España), al igual que hoy las potencias vencedoras en la II Guerra Mundial poseen derecho de veto.
La ruptura global que se produce en el renacimiento da al traste con todo esto.
Toda crisis lleva aparejada una pérdida de confianza. Esto se constata en las crisis económicas de nuestros días, donde gobiernos, bancos y empresas tratan de vender, sobre todo, confianza.
La incertidumbre lleva aparejado el temor, por lo que se antepone la seguridad a la verdad. Si comenzaran distintas bandas de armenios a desvalijar pisos y matar gente, la mayor parte de la población daría por satisfactoria la expulsión de todos los armenios. Si se les dijese: “pero muchos de ellos no han hecho nada”, probablemente responderían: “Eso no me importa. Desde que los hemos echado a todos ya no hay problemas. Ahora estamos seguros”. Igualmente la modernidad surgida de la crisis renacentista alumbrará una filosofía de la sospecha, primando la seguridad sobre la verdad.
[editar] Descartes y el idealismo
Descartes hará de la necesidad virtud. Apoyándose en la duda, comenzará por poner todo en cuestión: los conocimientos recibidos, la percepción de sus sentidos, su capacidad de razonar. Finalmente encontrará un punto de apoyo: su pensamiento. “Cogito, ergo sum”. Pienso, luego soy, existo. ¿Y qué soy yo? Una sustancia (o cosa) que piensa.
Yo me convierto en el nuevo punto de apoyo de la verdad. Mi subjetividad será el criterio. Así pues la realidad se habrá de ajustar a mí.
Si Aristóteles había descubierto una serie de categorías en las cosas, Kant dirá que dichas categorías donde realmente residen es el mi mente. Espacio, tiempo, etc. soy yo quien los incorporo a la realidad percibida, pues es el único modo que tengo de aprehenderla. Igual que el alimento que ingiero ha de recibir mis jugos para incorporarlo a mi organismo, mis percepciones deben ensalivarse con las categorías para que se conviertan en comprensibles.
Algún ejemplo puede ayudar a entender el planteamiento kantiano.
Recordemos la serie televisiva “Ramón y Cajal” interpretada por Adolfo Marsillach. En la misma muestran cómo el ilustre médico, tras múltiples fracasos, consiguió un tinte capaz de mostrar las neuronas al microscopio. Si el tinte era morado, las neuronas se perfilaban de color morado. ¿Son exactamente así las neuronas? No, pero sin el tinte no veríamos nada. Las neuronas en su estado natural son invisibles a nuestros ojos. Igualmente para Kant sólo incorporando las categorías podemos percibir, aunque necesariamente transformada.
Podríamos decir: eso está muy bien pero a mí me es evidente que categorías como el “tiempo” se dan al margen de mí. El mes pasado sembré una semilla, a la semana encontré un tallo, hoy hay una hermosa flor y al mes que viene estará marchita. Esto demuestra que existe el discurrir del tiempo al margen de mi percepción. Analicemos kantianamente. El retoño que fue ya no es, sólo existe en mí en forma de recuerdo. Es decir, me necesita a mí para darse. La flor marchita que será, no es sino una anticipación que descansa en mi imaginación. Nuevamente es necesaria mi aportación. Lo que realmente existe es esta flor que habita en un presente continuado. Toda realidad se da en el presente.
La metáfora que ilustrará el conocimiento será la del continente y contenido. Las cosas son contenidos de mi conciencia, ésta es lo único seguro. Ahora desaparece toda instancia superior. Si cada uno de nosotros somos el referente, la verdad se establecerá por convención; será lo que entre todos convengamos.
Lógicamente, si no hay categorías en las cosas estas no tienen naturaleza. Tal como decía el nominalista Occam, soy yo quien agrupa las individualidades existentes.
A su vez, si no hay naturaleza no tengo límites objetivos a la hora de tratar con las cosas. Podré manipular el mundo de forma que intente que me dé peras el olmo. Llevado esto a sus últimas consecuencias, un hombre podrá casarse con otro hombre, pues todo es objeto de libre elección. Sólo si convenimos que está mal, estará mal. Es decir, la ley, como expresión de la convención, es el único marco moral aceptable. El problema es que por esta senda podemos acabar en Auschwitz. Precisamente al terminar la segunda guerra mundial los vencedores se encontraron con que las atrocidades de los campos de exterminio eran conformes a las leyes alemanas. Así que no les quedó otro remedio que echar mano de un derecho pre-positivo, es decir, natural.
El subjetivismo subyacente en el idealismo podría llevarnos a pensar que movimientos dogmáticos como el marxismo no se han movido en su esfera, pero estaríamos equivocados. Bajo el materialismo científico laten los principios idealistas. Donde más claramente se reconoce esto es en la conocida frase de Marx: “Hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo de distintas maneras, lo que importa ahora es transformarlo”. Lo que importa ya no es conocer cómo es el mundo, sino transformarlo, hacerlo como “debería ser” según... yo.
De esta escuela son corrientes como el comunismo, el nazismo o el Nuevo Orden Mundial que parten de una idea preconcebida sobre cómo debería ser la realidad y se disponen a cambiarla sin tener en cuenta sus exigencias intrínsecas.
Hay casos paradigmáticos, como los Jemeres Rojos en Camboya, que asesinaban a gente por saber idiomas o por usar lentes. Querían volver al año cero de la humanidad para recomenzarla de nuevo según “debería ser”, por ello sobraban todos aquellos que no se ajustaban a su modelo.
A este respecto son iluminadoras las siguientes palabras de Juan Pablo II extraídas de su libro Memoria e Identidad. Al referirse a las “ideologías del mal”, tales como el comunismo o el nazismo, afirma:
“En el transcurso de los años me he ido convenciendo de que las ideologías del mal están profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico europeo. A este respecto debo aludir a ciertos hechos relacionados con la historia de Europa y, sobre todo, de la cultura dominante en ella. Cuando se publicó la Encíclica sobre el Espíritu Santo, algunos sectores de Occidente reaccionaron negativamente e incluso de modo vivaz. ¿De dónde provenía esta reacción? Surgía de las mismas fuentes de las que, hace más de doscientos años, nació la llamada Ilustración europea, especialmente la francesa... Para esclarecer mejor este problema, hay que remontarse al periodo anterior a la Ilustración y, específicamente, a la revolución que supuso el pensamiento de Descartes en la filosofía”.
Sí, el mismo (y genial) Descartes padre del Idealismo.
Dios ya no es la suprema realidad, sino un mero contenido de mi conciencia, simple idea o “tema de libre elaboración del pensamiento humano” (Juan Pablo II, Ibid).
La bondad o maldad dejan de depender del contenido objetivo de la acción y pasan a sustentarse en mi subjetividad. Si algo me produce placer y es útil entonces en bueno, si no es malo. Hay ejemplos palmarios de estos planteamientos: Una muerte dolorosa e irremediable es mala, la buena muerte será la que ponga fin a eso.
[editar] El Irracionalismo
Frente a la razón físico-matemática que se había impuesto (ya no hay finalidades, sólo procesos, para ello la mejor herramienta son las ciencias), se alza en la segunda mitad del siglo XIX el Irracionalismo.
El Irracionalismo (también llamado Vitalismo) era consciente de que las ciencias no son capaces de dar respuesta a los grandes interrogantes del hombre: ¿para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Cómo debo obrar?
El problema del Irracionalismo es que acepta el estrecho concepto de razón ofrecido por las ciencias, es decir, desposeído del sentido, por lo que concluye que la razón no vale para enfrentarse a las grandes cuestiones.
Obviamente es imposible hacer una construcción intelectual si no se dispone de un apoyo racional, de ahí la insuficiencia de esta corriente.
[editar] Fenomenología
A finales del siglo XIX está en su cénit el psicologismo, corriente idealista que sostiene que los principios lógicos no afectan a la realidad de su contenido, sino a mi capacidad de pensar.
Dicho de otra manera, ante el principio de identidad que dice que A es igual a A, y no puede ser distinto de A, los psicologistas afirmarán que lo único que ponemos de manifiesto es nuestra incapacidad de pensar que A es distinto de A, no que realmente esto sea así.
Será Husserl quien desmonte este planteamiento. El pensador alemán de origen moravo dirá que cuando afirmo un principio lógico no aludo a mi capacidad, sino a la verdad o falsedad de lo afirmado. Es decir, una cosa es mi decir y otra lo dicho. Todo acto psíquico se orienta hacia un objeto. Si veo, veo algo, no veo mi ver. Si pienso, pienso en algo, y así sucesivamente.
Ya hemos roto el círculo maldito. Yo necesito de lo otro que yo para poder existir y tener vivencias. Soy menesteroso, insuficiente. Hemos recuperado la realidad de las cosas. Así que el lema de la fenomenología de Husserl sea: “¡A las cosas mismas!”
Para recuperar la realidad hemos de buscar aquellas categorías que se adapten mejor a ella. Por ejemplo, los romanos empleaban letras para hablar de números. Intentemos sumar MDLXXII + MMCCXIV. No es nada fácil. Ahora hagámoslo con números árabes 1572 + 2214. El hecho de poder alinear unidades, decenas, centenas, millares, etc. nos facilita trabajar con esta realidad. Es decir, emplear las categorías adecuadas permite aprehender mejor la realidad.
Precisamente una de las grandes aportaciones de Ortega ha sido emplear términos “personales” para describir las realidades “personales”. En distintas ocasiones su discípulo Julián Marías ponía el siguiente ejemplo. Cuando un muchacho regresa a casa y llama al portero automático, su madre pregunta: “¿Quién es?” A lo que el chico responde: “Yo”. A nadie se le ocurriría preguntar: “¿Qué es?” O responder: “el yo”. Y es que soy “alguien” no “algo”. Pues esta operación cotidiana encierra más sabiduría que la que ha empleado la filosofía al preguntarse “¿qué es el hombre?” Y referirse a “el yo”, anteponiendo un artículo determinado en vez de usando el pronombre.
[editar] Ortega y Gasset
Ortega pretende superar la dicotomía realismo-idealismo. Regresar al realismo como si nada hubiera pasado es absurdo. Las críticas del idealismo y sus muchas de sus aportaciones tenían sus fundamentos. Pero también el idealismo ha mostrado sus insuficiencias. Habrá que elevarse por encima de lo recibido pero sin perder lo positivo.
El filósofo español retorna al punto de partida de Descartes: “Pienso”. Pero a continuación advierte de que el siguiente paso del racionalista galo es equivocado: si pienso entonces “el pensamiento existe”. Y ¿qué elementos contiene el pensamiento? Pues a mí que pienso y a aquello otro que es pensado por mí. Está clara la herencia de Husserl.
Además Ortega advertirá un desliz de Descartes. Después de afirmar que existo su pregunta decía: ¿qué soy yo? Una sustancia que piensa. Para enfrentarse a una realidad nueva y dinámica, el pensamiento, Descartes ha echado mano del viejo concepto de sustancia, de cosa, que siempre es algo acabado y definido. No ha sido capaz de concebir una nueva categoría que se amoldase realmente a su hallazgo, con lo cual ha recaído en una cosificación del hombre.
Se trata de una tendencia natural en el ser humano. Félix Rodríguez de la Fuente contaba algo que le pasó cuando fueron a visitar a una tribu perdida en el corazón de la selva amazónica. Los yanomamos jamás habían tenido contacto con el hombre blanco. Ayudados por un misionero y con un guía nativo, Félix, su secretaria y un cámara llegaron a la arcana aldea. Antes de entrar el hechicero les hizo esperar para hacer una consulta al jefe. Cuando regresó le dijo a Félix señalando a la secretaria, “esta será tu mujer”, el misionero sería su padre y el cámara su cuñado. A continuación les dejó pasar. ¿Qué había hecho el brujo? Acomodarlos a las categorías que les eran familiares. ¿Cómo tratar a un equipo de televisión si ni tan siquiera sabían qué era eso? Sólo conocían agrupaciones humanas de familia y cazadores, ¿qué otra cosa podían ser? Salvando todas las distancias que hagan falta, algo así le pasó a Descartes (y más a menudo de lo que creemos a nosotros).
En sus “Meditaciones Metafísicas” Descartes había aclarado que al decir “pensar” quiere significar que duda, entiende, afirma, niega, quiere y también imagina y siente. A esto le llamamos tener vivencias (neologismo acuñado precisamente por Ortega).
Pero a mí relacionándome con mi circunstancia, con aquello que me circunda, teniendo que hacer algo con ello a cada instante, le llamo vivir, es mi vida. Por eso mi vida es la realidad radical, en el sentido de ser aquel ámbito o lugar donde me encuentro con toda realidad, conmigo mismo y con mi circunstancia, porque yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.
Por lo dicho hasta aquí podemos entender que circunstancia es aquello que me encuentro y tal y como me lo encuentro; lo que me viene dado. Esta habitación, mis condicionantes psicofísicos, la época histórica en que vivo, este planeta, las convicciones que he recibido.
¿Y quién es ese yo que tiene que hacer su vida en vista de su circunstancia? Pues a la realidad que consiste en tener que hacer algo que no está hecho le llamamos pretensión o proyecto. Yo soy un proyecto, una realidad disparada al futuro y todavía no llevada a cabo. Por eso yo no soy cosa alguna, porque no estoy hecho; a diferencia de las cosas.
Detengámonos por un momento en esta distinción. Cuando buscamos en la enciclopedia un concepto, por ejemplo “triángulo”, encontramos una definición, “polígono de tres lados”. Si buscamos una cosa, por ejemplo “gato”, lo que figura es una descripción, “mamífero carnívoro de la familia de los Félidos, digitígrado, doméstico, de unos cinco decímetros de largo desde la cabeza hasta el arranque de la cola, que por sí sola mide dos decímetros aproximadamente. Tiene cabeza redonda, lengua muy áspera, patas cortas y pelaje espeso, suave...” Pero si lo que buscamos es una persona, por ejemplo Cristóbal Colón, lo que aparece es una historia, una narración. Su vida no está predeterminada, no es estándar, sino que es un acontecimiento, un drama.
De ahí surgirán toda una serie de conceptos básicos en la razón vital: vocación, libertad, trayectoria, etc.
Una cuestión capital en la filosofía es la noción de “ser”. En ella se apoya todo el edificio del pensamiento. Para Ortega el ser es el sentido que tiene cada una de las realidades. Quizá se entienda mejor con un ejemplo.
Voy con mi hija Belén por la playa, cuando se detiene ante algo que ha cautivado su atención. “¿Qué es eso, papá?”, pregunta. Ambos tenemos delante la misma cosa. Ortega dirá que previo a nuestro conocimiento “hay” cosas. Lo que no posee todavía mi hija es su “ser”, su “consistencia”. Si yo le explico que eso es un “cangrejo” y que es un animal que posee una especie de concha dura para protegerle y con unas patas como tenazas que le sirven para coger cosas y para defenderse, entonces toma posesión de esa realidad, la integra en su circunstancia, en su mundo. “La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto de cada hombre”. Es decir, ese ser para es lo que nos define el “ser”; es la herramienta que nos permite manejarnos entre las cosas.
La metáfora del conocimiento es la de la luz. “Luz derramada sobre las cosas es el concepto”. Lo colores no emergen hasta que se posa sobre los objetos la luz. Una naranja en una habitación totalmente oscura no tiene color. Los conceptos alumbran la realidad de las cosas. Para que haya color hace falta la cosa que lo soporta y la luz que lo hace emerger. Igualmente, para que haya ser se precisa la cosa que lo soporta y a mí que lo alumbro.
[editar] Una puerta abierta a la trascendencia
[editar] Un paso (¿temerario?) más allá de Ortega
Ahora me voy a permitir dar un paso más allá de Ortega, pero basándome en su pensamiento.
Acabamos de ver que para desenvolvernos en el mundo tenemos que encontrar sentido a las cosas, descubrir su para qué. Ante este hecho caben dos posturas. La primera es sostener que dicha finalidad “me la invento yo”. La creo para en tanto que me es útil.
La segunda es suponer que la realidad tiene un sentido propio, una finalidad intrínseca que puedo descubrir. Esto contravendría la afirmación de Nietzsche según la cual la casualidad es el origen de todas las cosas.
Analicemos brevemente la situación. Para ello vamos a fijarnos en el camaleón. Como todos sabemos este peculiar saurio cambia de color en función del entorno en el que se mueve. Los etólogos nos explican que la finalidad de dicho cambio es pasar inadvertido ante sus posibles predadores. Ciertamente el camaleón no se plantea estas cuestiones, simplemente su pigmentación se acopla automáticamente al paisaje circundante. ¿Podría ser que yo imagine un para qué que no existe? Sí, podría. Pero entonces se suscitan algunas dudas:
1.- ¿Cómo es posible que un universo carente de sentido (mecanismo ciego) engendre una criatura como yo que necesita del sentido para realizar cada uno de sus actos vitales? Nadie da lo que no tiene.
2.- Cabría la posibilidad de que yo fuera un “accidente cósmico”, una anomalía consistente en buscar sentido a las cosas. De ser así, ¿cómo sería posible que precisamente gracias a esa tara yo me pudiera desenvolver en un mundo absurdo? Forzando mucho las cosas, puedo pensar que un mundo sin luz pueda parir una criatura vidente, pero ¿cómo dicho ser va a poder desenvolverse en medio de esa oscuridad gracias a la vista? No parece muy probable. Si el mundo funciona con un sentido que desconoce y que, por tanto, no se ha otorgado, eso apunta a la existencia de Alguien Otro que el mundo que se lo haya otorgado. A ese Logos donador del sentido le llamamos Dios.
[editar] Y el Logos se hizo carne
Los primeros filósofos ya hablaron de ese Logos conferidor del sentido. Un Logos inevitablemente identificado con la divinidad. Precisamente dar la espalda a la pluralidad de dioses griegos les supondrá una amenaza permanente de ser acusados de “impiedad”.
Aristóteles se vio obligado a abandonar Atenas debido a una reacción antimacedónica acaecida a la muerte de Alejandro Magno. Bien sabía que la acusación de “impiedad” era fácilmente imputable a su pensamiento. Sin embargo hay un hecho que a mí me parece relevante:
Poco tiempo antes de morir dicta su testamento. En él presta atención a todos con afecto y cordialidad, mostrando una vez más el temple que mantuvo durante toda su vida. Ordenaba la manumisión de los esclavos adultos y prohibía la venta de los menores hasta cumplir la edad adulta, en que deberían ser asimismo liberados. De todos ellos habla con estima. Distribuye sus bienes entre sus herederos y pide que le entierren junto a su primera mujer. La última disposición la dirigía a su hermano adoptivo, Nicanor, quien había servido en el cuartel general de Alejandro Magno. Le pedía que cumpliera el voto que por él había hecho para pedir por su regreso a Grecia sano y salvo. Se trataba de una ofrenda de dos estatuas de animales de cuatro varas de alto a Zeus Salvador y Atenea Salvadora en su ciudad natal de Estagira. Lo llamativo es que Aristóteles había sostenido la existencia de un único Dios identificado con el Logos. Un Dios inmóvil, inmaterial, acto puro, pensamiento de pensamiento, primer motor, etc., en el cual desemboca toda su metafísica. ¿Por qué volvía la vista a los dioses paganos contradiciendo aparentemente los fundamentos de su pensamiento?
Para mí la razón es clara: El “dios de los filósofos” (siguiendo la denominación de Pascal) es distante e inalcanzable, ajeno a los anhelos del alma humana. Con un Dios así no se puede tratar. Por eso, ante las necesidades vitales en que se juega el todo por el todo (la vida de su hermano o el final de la suya) Aristóteles acaba por echar mano de quien sí puede comprenderle, aunque su inteligencia le diga que probablemente no exista. Necesita un dios que se abaje para atender al hombre de carne y hueso, no una divinidad metafísica. ¿No es eso el cristianismo?
“Al principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios y el Logos era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron... Y el Logos se hizo carne y acampó entre nosotros.” (Juan)
El Logos, Dios mismo, manantial del sentido, se ha hecho como nosotros; accesible hasta el extremo de pasar por todas las realidades humanas, desde la menesterosidad de un niño hasta el abismo de la muerte. A la vez, nuestro ser “imagen y semejanza” del Logos nos otorga la capacidad de dotar de sentido a la realidad, denominarla, darle contenido.
“Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.” (Génesis)
Desde la Ilustración la filosofía había decidido interpretar el mundo “etsi Deus non daretur”, “como si Dios no existiera”. Sin embargo toda realidad parece remitirnos a Él. ¿Es inteligible el mundo prescindiendo de su fuente y fin?
Supongamos que un ingeniero de la NASA nos pidiera que le ayudáramos a hacer un cálculo matemático necesario para poner en órbita un satélite de precisión. Se trata de sumar 2 + 2. El problema tiene un requisito, el número 4 está vetado, no se puede usar para nada. Un mínimo fallo en el resultado sacará al satélite de la órbita y dará al traste con toda la operación. Nuestra respuesta puede ser que 2 + 2 = 1 + 1 + 2, pero eso no es más que un nuevo problema, más complejo. Otra posibilidad es 3,9999, pero la suma de dos números enteros no puede ser un número irracional, la computadora se volvería loca. ¿Qué respondemos? La única posibilidad cierta es 4. Si quieren una solución óptima no pueden descartar posibilidades a priori.
Igual sucede con el pensamiento moderno y contemporáneo. ¿Por qué descartar de antemano la posibilidad “Dios”? Tal vez ahí esté el quid de la cuestión.


